Antonella Henríquez nunca tuvo que soñar con el escenario porque nació arriba de uno. Hija del histórico circense Ruperto, creció entre carpas que se levantan al amanecer y camarines donde el maquillaje no es glamour, es rutina.
Cuando naces dentro del show, la pregunta no es si puedes hacerlo, es si alguna vez te verán como algo distinto a “la hija de”.
Antonella no se define como bailarina, pero su cuerpo sabe contar historias en movimiento desde los ocho años. Y eso, en un programa como Fiebre de Baile, pesa tanto como cualquier técnica.
Por eso aceptó esta competencia, porque le ofrecía algo distinto con espectáculo, disciplina, escenario. Un lugar donde podía mostrar su versatilidad sin traicionar su esencia circense.
Trapecista, acróbata y con un cuerpo entrenado para el riesgo real, Antonella sabe sostenerse en el aire sin red; sin embargo, Fiebre de Baile la enfrenta a otro tipo de vértigo.