Pablo Herrera, Héctor Morales, Renata Bravo y Lucía López nos sorprendieron durante 4 noches en un capítulo imperdible de La Divina Comida.
Con carcajadas de principio a fin se van entrelazando las historias de este grupo, que en su mayoría ya se conocía, transformando en fiesta cada noche.
Abre un simpático y relajado Pablo Herrera, la primera en llegar es Renata con quien tienen una delirante y divertida conversación que raya en el coqueteo y el doble sentido.
Ya en la mesa y con el resto de los invitados, nos enteramos de que Pablo, antes de dedicarse a la música, estudió ingeniera y que le habría encantado dedicarse al rock, pero su público fiel lo prefiere en su versión más romántica, de hecho una vez hiso un pequeño intento roquero en un disco, con pésimos resultados.
Buen cocinero y con ideas propias, Pablo, mientras todos disfrutan del plato principal, cuenta la experiencia que vivió cuando a su hija de 13 años le descubren un tumor cerebral, y de cómo lograron sanarla a través de terapias alternativas. Finalmente entre mitos y chistes confiesa tener la capacidad de amar a más de una mujer a la vez, lo que desata bromas entre los compañeros.
El día dos es en casa de Renata, las bromas reinan toda la jornada, el aperitivo está lleno de anécdotas, como cuando un profesor le pide ayuda para la obra “El principito”, Renata invitó a toda su familia para verla actuar por primera vez, y llegado el momento de salir a escena, se da cuenta que tienen que hacer el seguidor de luz.
Con el plato principal llegan las revelaciones más profundas, ella sentía que pertenecía a una familia millonaria, hasta que los fueron a embargar varias veces, y sus padres, muy al estilo “la vida es bella”, adornaban la situación para restarle importancia. Luego en un emotivo relato nos enteramos de la reciente muerte de su padre y el lugar que en ella ocupa hasta el día de hoy.
Las risas reaparecen de la mano de las imitaciones. Nos reencontramos con el lado coqueto de Renata que declara haber profesado su amor en la juventud a más de un compañero de trabajo. A la hora del postre, Renata irrumpe en la mesa caracterizada de “La Maldo”, vuelven las carcajadas y todos festejan.
La siguiente cita es en el estiloso departamento de Héctor Morales. Un lugar, lleno de detalles y obras de arte. Con un closet envidiable y elogiado por los invitados, que llegan a este como si fuera una sala de juegos.
Nos enteramos de la particular historia de Héctor “el niño símbolo” de la población en la que creció, porque le iba bien en el colegio y no andaba metido en drogas o delincuencia. Dice que muchos de los niños de su barrio hoy están en la cárcel o muertos.
Cuenta que siempre se tomó muy en serio lo de la “meritocracia” y se sobre exigió para salir adelante. Nos revela la crisis que vivió estando en la universidad, que lo mantuvo internado en una clínica por depresión. Después de esto, volvió a la casa paterna y a sentirse por primera vez un hijo cuidado por sus padres.
La última noche es en casa de Lucía López, Pablo deleita a sus compañeros cantando “Carrie” de Europe y luego, a pedido de los presentes, “Tu eres mía”.
Una ansiosa Lucía demora excesivamente en la cocina, mientras sus compañeros bromean a partir de esto y otras cosas. Renata habla de su estudio de personajes a la hora de imitar y dice que Cecilia Bolocco tienen voz orgásmica, la imita.
Hablan de la época de rebelde y nerd de Lucía, Héctor cuenta que él fue evangélico un tiempo y Renata agrega que Pato Frez la llevó a su iglesia una vez. Terminan entonando canciones evangélicas.