Juan Pedro

El público lo conoció en Mekano, donde destacó por el baile, la entretención y su carisma. Sin embargo, si hay algo que define a Juan Pedro Verdier es su espíritu competitivo.

Para muchos, Juan Pedro es un hombre intenso, disciplinado y capaz de llevar su cuerpo al límite con tal de cumplir un objetivo. Pero en Fiebre de Canto llega una versión completamente distinta.

Porque, por primera vez, el desafío no depende de su fuerza, su resistencia ni de su capacidad física. Depende únicamente de su voz. Y eso, reconoce, lo aterra.

La historia de amor que cambió su vida

Juan Pedro siente que el público conoce principalmente su faceta de competidor. Sin embargo, asegura que lo más importante de su vida está lejos de las cámaras y de las competencias: su familia.

Fuera de la televisión disfruta de los momentos simples. Le gusta cocinar mientras escucha música, entrenar kickboxing, salir a caminar y compartir tiempo con su hijo Guillermo, a quien considera el centro de su vida.

Su historia en Chile también parece sacada de una teleserie. Nació en Uruguay y llegó al país a comienzos de los años 2000 mientras estudiaba Ingeniería Mecánica. Un día, viendo Mekano, quedó cautivado por una de sus integrantes: Karen Paola.

Le dijo a su madre que esa mujer era la que quería conocer y, decidido a lograrlo, tomó una de las decisiones más importantes de su vida: dejó la universidad, audicionó para ingresar al programa y terminó convirtiéndose en uno de sus rostros más recordados.

El plan resultó mejor de lo que imaginaba. Conquistó a Karen, formó una familia junto a ella y nació Guillermo, su único hijo.

Un nuevo desafío, una nueva versión de sí mismo

Hoy vive una etapa de reconstrucción, tanto en lo personal como en lo profesional.

Hace cinco años encontró en el kickboxing una nueva pasión, disciplina que practica casi todos los días y que, según él, le enseñó mucho más que técnicas de combate. Le enseñó paciencia, disciplina y, sobre todo, control mental.

Esa preparación fue la que lo ayudó a enfrentar uno de los mayores desafíos de su carrera: Mundos Opuestos. Entró decidido a ganar. Y ganó.

Cada entrenamiento, cada estrategia y cada prueba tenían un solo objetivo: llegar hasta el final. Pero Fiebre de Canto representa exactamente lo contrario.