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    08/03/2017 | 12:09

    Carolina Fazzio

    Eleonora Wexler.

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    Temperamental, pero con mucho sentido del humor. Es cabrona y mecha corta, según dice Santiago, su
    marido. De sentimientos profundos y códigos férreos. Su destino de madre, esposa y ama de casa se
    impuso tan prematuramente que le arrebató cualquier aspiración personal. Su primera hija llegó sin ser
    buscada, al igual que el último. Lola llegó a sus 19 años. Carolina dejó de trabajar como profesora de
    tango y folclore para dedicarse a su casa, su marido y su bebé. Dos años más tarde buscaron otro hijo, así
    llegó Nicolás.

    15 años después, cuando Carolina asomaba a su vida de mujer libre, independiente, con más
    curiosidades y seguridades que a los veinte, la inesperada llegada de Benjamín, su hijo menor, volvió a
    cortarle las alas. A tironearla hacia el interior de su casa y a conspirar contra ese renacimiento. Caro
    siempre fue enérgica e hiperactiva. Nunca cultivó el ocio, aun estando todo el día sin salir de su casa.
    Cocinera excelsa y habilidosa para las manualidades. Esas actividades se convirtieron en sus momentos de
    fuga interior. Nadie podría imaginar la profundidad de sus pensamientos en esos momentos de viajera
    silenciosa. Pasó su infancia en un campo cerca del río donde su padre trabajaba como capataz. Esa
    vivencia le imprimió un aire campechano y una conexión con la tierra, y el agua, que cada tanto, emerge.

    Cuando disfruta del río se reencuentra con su estado más puro, ese será el estado que volverá a cultivar
    gracias a Damián. Caro es la menor de dos hermanos. Sus padres murieron hace unos años. Su hermano
    mayor trabaja en el campo, y jamás viajó a visitarla. Carolina atesora algunas recetas aprendidas de Elsa,
    su madre. Reconoce que de ella heredó el don de la cocina, su capacidad de resistencia y su optimismo.
    De su padre heredó la pesca de río, los pensamientos silenciosos y la conexión con la naturaleza.

    A partir de la amistad con Raquel y Damián un nuevo mundo se abre ante los ojos de Carolina. Damián la
    inspira y Raquel la impulsa. Es así que después de tantos años Carolina vuelve a conectar con el tango y
    comienza a dar clases a un grupo convocado por Raquel e integrado por Damián. Carolina vuelve a sentirse
    visible, descubierta y encuentra, a partir de la mirada que le devuelve Damián, una mejor versión de sí
    misma. Raquel se transforma en una amiga aspiracional. No sólo le brinda el acceso a otro tipo de vida, y
    de relaciones, sino que le regala ropa, la aconseja en cuestiones de clase y, a su vez, se nutre de su
    desparpajo y espontaneidad en un intercambio desinteresado y sincero, al menos, en un principio.

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