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    Publicado : 09/03/2017 | 10:11

    Entrada 8

    La Islita

    Ese día estuvimos sólo tirados en la cama. No hicimos otra cosa que contemplarnos, no podíamos otra cosa. Yo no podía y estimo que Felipe tampoco. No era habitual que eso sucediera en la Islita: el refugio de los amantes.

    Siempre quise saber por qué se les dice "amantes" a dos personas que se reúnen sólo para tener sexo. ¿Por qué no llamarlos "sexuantes"? Definidamente, Felipe y yo no éramos sexuantes, sino amantes. En el sentido, incluso, literal del término.

    Llegamos a la Islita más por casualidad que por otra cosa. Necesitábamos un espacio para encontrarnos, para estar solos, para dejar afuera todo aquello que hasta el momento nos había constituido. Como mi Luciano, su Ingrid, nuestros hijos. Habíamos escrito un decálogo de reglas a seguir, qué decir, o más aún, qué no decir. Lo colgamos en la pared. Como si fuera una estampita. A veces me daba culpa mirar ese papel. Sabía que si alguna vez Luciano lo veía iba a estallar del dolor. Pero nunca supe si eso sucedió.

    El lugar lo propuse yo. Lo conocía desde mi niñez. Y Felipe se enamoró a primera vista. Me decía: "lo que más me enamora en la vida: tus ojos, tu culo y esta Islita. En ese orden. No, perdón, tu culo va primero". Yo me reía. Su mezcla casi innata de romanticismo con ese vuelo de ricachón un poco subido de tono me volvía loca. Le daba eso que no tenía, que nunca supe si era falta de calle, de mundo, de barrio, o simplemente falta de experiencia. Pero lo cierto es que de golpe me sorprendía con algo. Día a día. No, día a día con él estaba Ingrid.

    A veces le tengo miedo.

    Mensaje:

    Anónimo: "No viniste a la cita".

    Yo:

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