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    Publicado : 04/04/2017 | 02:13

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    Febrero mío

    Estaba hacía 53 minutos con ella. Escuchándola. Casi no emití sonido de mi boca. Por el contrario, recuerdo cada una de sus palabras. Pero en especial una: "embarazo".

    "Te puedo dar unas pastillas para interrumpir el embarazo", me dijo.

    Hasta el momento no lo había dicho ni yo. Esa palabra no dejó de resonar en mi cabeza. Me preguntó las fechas y yo no pude evitar hacer el cálculo. "Febrero", me dije. "El mes de acuario".

    Me fui. Nuevamente caminé horas por mi pueblo. Y pasé por mi refugio. Entré y me tiré en la cama así como estaba. Con ropa, calzado y con el papelito que tenía la dirección de la señora que podía poner fin a todo esto. La de casa de la puerta roja.

    Miré al techo y comencé a llorar. Pasé un buen rato así y recordé momentos de mis febreros. Mi niñez cerca del río, mi juventud en la acalorada ciudad, el olor de las peras jugosas, la tierra en mis pies, las lluvias repentinas y furiosas, las vacaciones que terminan, la preparación de materias del colegio, el ventilador en mi nuca, mi piel rojiza por el sol.

    Tomé mi celular y lo llamé. Ya estaba calma. Apaciguada. Me preguntó dónde estaba pero no me atreví a contarle. Sólo atiné a decirle que estaba embarazada, mientras continuaba mirando el techo. Con mi rostro impávido me animé a agregarle que necesitaba un abrazo.

    "Yo nunca voy a dejar de abrazarte, Euge", me dijo.

    Otra vez, lloré.

    Volví a casa. Y ahí estaba Luciano, dispuesto a abrazarme.

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