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    Publicado : 28/03/2017 | 23:17

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    La puerta roja

    No podía parar de llorar. No quise contarle a nadie. Ni a mi marido Luciano, ni mucho menos a Felipe. Me miré en el espejo y me lavé la cara. Me sentía gris.

    Fui a mi pueblo, donde todo era familiar, cercano, pero oscuro. En ese mundo las cosas siempre fueron difíciles pero yo sabía manejarme. Nunca perdí mi salvajismo. Mi modo animal de moverme en esa selva tan distinta a la ciudad.

    Le pregunté a la señora del almacén y ella me habló de una mujer que los practicaba. Casi le pido que me acompañara. Sí, a ella, una extraña conocida, quería que fuese mi hermana mayor, mi mamá, mi amiga, aquella que me diera la mano cuando comenzara el sangrado, el dolor, el desgarro, pero no lo hice. Solo me dio un papelito con el nombre y el color de la puerta que debía ir a tocar. Era roja.

    "Tenés que dar tres golpes", me dijo. "Dos seguidos y luego de unos segundos, hacés el tercero. Ella te va a entender". Guardé el papelito en el bolsillo de mi pantalón y me fui.

    Caminé unas horas por el pueblo. Felipe ni siquiera supo que me había escapado totalmente sola a nuestro refugio. Pero necesitaba hacerlo aquí, lejos de Luciano, de mis hijos. De Ingrid. Necesitaba que fuera en el lugar donde el amor que teníamos con Felipe se alimentaba cada fin de semana.

    Llegué a la puerta roja. Me quedé ahí, inmóvil. Sin saber qué hacer. Toqué dos golpes y esperé. Miré hacia el cielo y cerré los ojos. Sacudí mi cabeza y di media vuelta. Empecé a caminar para irme de ahí. Pero la puerta se abrió de golpe y la mujer salió. "Pasá", esgrimió casi sin pensarlo. A pesar de faltar ese tercer golpe, ese código común, a pesar de todo ella supo por qué estaba yo ahí.

    Entonces pasé.

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